La proporción que suele funcionar en una compostera de patio es más o menos una parte de material verde por cada dos o tres de material seco. Los verdes aportan nitrógeno y humedad: cáscaras de fruta, restos de verduras, borra de café, saquitos de té sin el hilo, pasto recién cortado. Los secos aportan carbono y aire: hojas caídas, cartón sin tinta brillante, rollos de papel de cocina, ramas chicas trituradas, aserrín sin tratar. Si la mezcla se inclina demasiado hacia lo verde, la pila se apelmaza, larga olor agrio y atrae moscas. Si se inclina hacia lo seco, el proceso se enlentece y casi no se siente calor al meter la mano.
Lo que conviene dejar afuera es más corto de lo que se cree. Restos de carne, huesos, pescado, lácteos y grasas no van: descomponen mal y llaman a perros, gatos y roedores. Tampoco excrementos de mascotas, pañales, colillas, ni plantas enfermas o con semillas maduras, porque muchas veces sobreviven al proceso. Los cítricos en cantidad, las cáscaras de cebolla y ajo en exceso, o el pan, se pueden sumar en poca proporción, pero no como base de la pila.
Para leer el proceso hay tres señales simples. La temperatura: una pila activa se siente tibia en el centro al introducir un palo. La humedad: debe quedar como una esponja escurrida, ni chorreando ni seca. La textura: si al revolver aparece material todavía reconocible, la pila necesita más tiempo y una vuelta más. Airear cada semana o cada diez días, sobre todo en verano, evita que el centro se compacte y que aparezcan olores. En invierno el ritmo baja y no hay que forzarlo.
Cuando el compost está listo se ve oscuro, huele a tierra de monte y ya no se distingue lo que se agregó. Se usa como enmienda en los canteros, mezclado con la tierra o como cobertura fina. No es un fertilizante concentrado ni reemplaza otras tareas del suelo, pero cierra el ciclo de la materia orgánica en casa y devuelve al huerto parte de lo que salió de él.